Sólo puedo darte amor, pasión.
Sólo puedo darte el pensamiento, el tiempo.
Sólo puedo darte la ilusión, los sueños.
Sólo puedo darte profundos suspiros.
Yo no puedo darte besos, caricias.
Yo no puedo darte compañía, palabras.
Yo no puedo darte el olvido, la razón.
Yo no puedo, no darte el corazón.
Yo quisiera darte amor, felicidad.
Yo quisera darte calor, serenidad.
Yo quisera darte inspiración.
Yo quisiera sangrar con besos tus labios.
Y con caricias tu piel destrozar.
*Cinco Letras*
jueves, 30 de septiembre de 2010
viernes, 3 de septiembre de 2010
Tarde de café
... Viendo como cada gota de lluvia resbala sobre el cristal, escucha a distancia las canciones que le recuerdan a él, inerte y ansiosa frente a la ventana sostiene en su débil y fría mano una taza de café.
Inhala profundo. El aroma a café se hace tan penetrante que, la piel desprende el amargo y fuerte olor, bebe aquél líquido negro, gira temerosa y lentamente la cabeza hacía un retrato que, meses atrás la habían hecho reir y llorar de la alegría de encontrarlo, pero que ahora sólo mantiene vivo el recuerdo de un amor.
Camina y abre la cajonera dónde guarda cigarrillos, elige uno entre todos ellos, lo enciende y, acerca sus labios secos a aquélla taza de café bebe un poco, respira profundo el aroma cerrando sus ojos tristes y húmedos, lo imagina a él.
Después de unos minutos, abre los ojos y regresa a su ventana, descansa el cuerpo sobre la vieja silla de madera quedando ausente del tiempo, del momento.
Con los ojos cerrados, el aroma a café, con un toque a tabaco y perfume, el sonido de las gotas de lluvia que caen sobre el cristal, el tic tac del reloj, el sonido agudo de la tetera, la música con la que bailaba sonando a lo lejos. La lluvia ha calmado. Ella se levanta y con fuerza abre la vieja ventana siente el roce de una ráfaga de viento frío acariciar su cara y su delicada silueta, inventa las caricias que antes le fueron entregadas, el sonido del viento murmulla palabras y promesas de amor que se escaparon con los años.
Eleva la mirada al cielo y en la luna vacío, tristeza y soledad, sin embargo aún mantiene la ternura y la pasión que provocan suspiros llenos de amor, con una pericia tan a fin a la noche con la luna. Él su luna, ella su noche. Y así continúa bebiendo aquél amargo café.
Inhala profundo. El aroma a café se hace tan penetrante que, la piel desprende el amargo y fuerte olor, bebe aquél líquido negro, gira temerosa y lentamente la cabeza hacía un retrato que, meses atrás la habían hecho reir y llorar de la alegría de encontrarlo, pero que ahora sólo mantiene vivo el recuerdo de un amor.
Camina y abre la cajonera dónde guarda cigarrillos, elige uno entre todos ellos, lo enciende y, acerca sus labios secos a aquélla taza de café bebe un poco, respira profundo el aroma cerrando sus ojos tristes y húmedos, lo imagina a él.
Después de unos minutos, abre los ojos y regresa a su ventana, descansa el cuerpo sobre la vieja silla de madera quedando ausente del tiempo, del momento.
Con los ojos cerrados, el aroma a café, con un toque a tabaco y perfume, el sonido de las gotas de lluvia que caen sobre el cristal, el tic tac del reloj, el sonido agudo de la tetera, la música con la que bailaba sonando a lo lejos. La lluvia ha calmado. Ella se levanta y con fuerza abre la vieja ventana siente el roce de una ráfaga de viento frío acariciar su cara y su delicada silueta, inventa las caricias que antes le fueron entregadas, el sonido del viento murmulla palabras y promesas de amor que se escaparon con los años.
Eleva la mirada al cielo y en la luna vacío, tristeza y soledad, sin embargo aún mantiene la ternura y la pasión que provocan suspiros llenos de amor, con una pericia tan a fin a la noche con la luna. Él su luna, ella su noche. Y así continúa bebiendo aquél amargo café.
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