... Viendo como cada gota de lluvia resbala sobre el cristal, escucha a distancia las canciones que le recuerdan a él, inerte y ansiosa frente a la ventana sostiene en su débil y fría mano una taza de café.
Inhala profundo. El aroma a café se hace tan penetrante que, la piel desprende el amargo y fuerte olor, bebe aquél líquido negro, gira temerosa y lentamente la cabeza hacía un retrato que, meses atrás la habían hecho reir y llorar de la alegría de encontrarlo, pero que ahora sólo mantiene vivo el recuerdo de un amor.
Camina y abre la cajonera dónde guarda cigarrillos, elige uno entre todos ellos, lo enciende y, acerca sus labios secos a aquélla taza de café bebe un poco, respira profundo el aroma cerrando sus ojos tristes y húmedos, lo imagina a él.
Después de unos minutos, abre los ojos y regresa a su ventana, descansa el cuerpo sobre la vieja silla de madera quedando ausente del tiempo, del momento.
Con los ojos cerrados, el aroma a café, con un toque a tabaco y perfume, el sonido de las gotas de lluvia que caen sobre el cristal, el tic tac del reloj, el sonido agudo de la tetera, la música con la que bailaba sonando a lo lejos. La lluvia ha calmado. Ella se levanta y con fuerza abre la vieja ventana siente el roce de una ráfaga de viento frío acariciar su cara y su delicada silueta, inventa las caricias que antes le fueron entregadas, el sonido del viento murmulla palabras y promesas de amor que se escaparon con los años.
Eleva la mirada al cielo y en la luna vacío, tristeza y soledad, sin embargo aún mantiene la ternura y la pasión que provocan suspiros llenos de amor, con una pericia tan a fin a la noche con la luna. Él su luna, ella su noche. Y así continúa bebiendo aquél amargo café.